hola, voy a publicar un cuento que hice yo misma (:
Sí, era un día de invierno... uno de los más fríos del año. Como siempre yo un domingo con mi familia, sentada en la mesa comiendo los ricos ravioles que había preparado mi mamá con una rica salsa de tomate con carne que había sobrado del asado de ayer. Con mi prima a un lado y mi hermano al otro, pedimos permiso para retirarnos y fuimos a tiramos arriba de las hojas caídas del árbol mas viejo de todo el parque de mi abuela. Al tirarnos a las hojas marrones, amarillas, negras, beiges ¡Sentí como si estuviera en el colchón de mi dormitorio! Mi prima al lado mío me abrazaba y me tiraba hojas en la cara, hojas que habían nacido aquella primavera feliz en mi familia.
Extraño ese invierno, en el que yo estaba feliz con mi prima y con mi hermano jugando, divirtiéndome con ellos. Lo extraño.
En este invierno triste, no tengo a mis ravioles, ni a mi familia, ni el parque, ni las hojas, ni el árbol... Solo me tengo a mí, a mi hermano, y a mis padres.
Desde ese día, se escucharon gritos de mi abuelo discutiendo con mi padre... mi mamá vino corriendo nos agarró de los brazos a mi y a mi hermano, y mi madre ni si quiera me dejo despedirme de mi familia. Algo había pasado, algo terrible había pasado.
No me atreví a preguntar, porque sus caras explicaban algo inexplicable. La familia desunida con la que nunca me volví a ver. Nunca supe, que pasó aquel día de invierno.
Los domingos pasaban, y yo seguía preocupada. ¿Algo serio habría pasado? ¿O era solo mi imaginación? Ojala lo hubiese sido.
Llegaron mis diez años. Ya habían pasado dos largos y tristes años desde aquel domingo. Yo estaba en mi cuarto, leyendo el nuevo libro que me había regalado papá, “La máquina del tiempo” de Herbert George Wells. Hasta que escuché el timbre. Raramente, alguien había tocado tres veces, eso me recordó a aquella famila, aquella que yo solía tener. Escuché el asombro de mi madre, y cuando escuché las palabras con ese tono perfecto – ¿Dónde esta mi princesita? - rápidamente me paré, quería seguir escuchando para ver si eran ellos. – Ahí está, leyendo como siempre; - Agh! mi pioja intelectual!
Abrí la puerta y los vi. Mis queridos abuelos estaban ahí, sentados, después de dos largos años, por fin, los tenía en frente. Mi reacción automáticamente fue la de correr y abrazarlos, y era inevitable no llorar. Nuestra relación era especial, pero aunque quisiera, nunca iba a poder igualar ese abrazo.
Nunca supe porqué fue esa pelea, tan horrenda para durar dos años. ¿Y digo la verdad? prefiero no saberlo.

No hay comentarios:
Publicar un comentario